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| Cesar Vallejo | |||
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| XLIX | ||
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Murmurado en inquietud, cruzo,
el traje largo de sentir, los lunes
de la verdad.
Nadie me busca ni me reconoce,
y hasta yo he olvidado
de quién seré.
Cierta guardarropía, sólo ella, nos sabrá
a todos en las blancas hojas
de las partidas.
Esa guardarropía, ella sola,
al volver de cada facción,
de cada candelabro
ciego de nacimiento.
Tampoco yo descubro a nadie, bajo
este mantillo que iridice los lunes
de la razón;
y no hago más que sonreir a cada púa
de las verjas, en la loca búsqueda
del conocido.
Buena guardarropía, ábreme
tus blancas hojas:
quiero reconocer siquiera al 1,
quiero el punto de apoyo, quiero
saber de estar siquiera.
En los bastidores donde nos vestimos,
no hay, no Hay nadie: hojas tan sólo
de par en par.
Y siempre los trajes descolgándose
por sí propios, de perchas
como ductores índices grotescos,
y partiendo sin cuerpos, vacantes,
hasta el matiz prudente
de un gran caldo de alas con causas
y lindes fritas.
Y hasta el hueso!
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| XXXIV | ||
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|   | Se acabó el extraño, con quien, tarde la noche, regresabas parla y parla. Ya no habrá quien me aguarde, dispuesto mi lugar, bueno lo malo. Se acabó la calurosa tarde; tu gran bahía y tu clamor; la charla con tu madre acabada que nos brindaba un té lleno de tarde. Se acabó todo al fin: las vacaciones, tu obediencia de pechos, tu manera de pedirme que no me vaya fuera. Y se acabó el diminutivo, para mi mayoría en el dolor sin fin, y nuestro haber nacido así sin causa. |
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| TRILCE | ||
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Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.
Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.
Es ese sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.
Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.
Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.
El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquiera parte.
Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.
-Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. -¿Está?- No; su hermana.
-No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.
Tal es el lugar que yo me sé.
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| XLIV | ||
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Este piano viaja para adentro, viaja a saltos alegres. Luego medita en ferrado reposo, clavado con diez horizontes. Adelanta. Arrástrase bajo túneles, más allá, bajo túneles de dolor, bajo vértebras que fligan naturalmente. Otras veces van sus trompas, lentas asias amarillas de vivir, van de eclipse, y se espulgan pesadillas insectiles, ya muertas para el trueno, heraldo de los génesis. Piano oscuro ¿a quién atisbas con tu sordera que me oye, con tu mudez que me asorda? Oh pulso misterioso. | ||
| XLV | ||
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Me desvinculo del mar cuando vienen las aguas a mi. Salgamos siempre. Saboreemos la canción estupenda, la canción dicha por los labios inferiores del deseo. Oh prodigiosa doncellez. Pasa la brisa sin sal. A lo lejos husmeo los tuétanos oyendo el tanteo profundo, a la caza de teclas de resaca. Y si así diéramos las narices en el absurdo, nos cubriremos con el oro de no tener nada, y empollaremos el ala aún no nacida de la noche, hermana de esta ala huérfana del día, que a fuerza de ser una ya no es ala. | ||
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