Poesía
Castellana
Pablo Neruda
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de su libro
"Veinte poemas de amor y una canción desesperada"
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101112

Ir a la pagina principal Pablo Neruda

7
 
  
Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes  
a tus ojos oceánicos.  
  
Allí se estira y arde en la más alta hoguera  
mi soledad que da vueltas los brazos como un náufrago.  
  
Hago rojas señales sobre tus ojos ausentes  
que olean como el mar a la orilla de un faro.  
  
sólo guardas tinieblas, hembra distante y mía,  
de tu mirada emerge a veces la costa del espanto.  
  
Inclinado en las tardes echo mis tristes redes  
a ese mar que sacude tus ojos oceánicos.  
  
Los pájaros nocturnos picotean las primeras estrellas  
que centellean como mi alma cuando te amo.  
  
Galopa la noche en su yegua sombría  
desparramando espigas azules sobre el campo.
 
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8
 
  
Abeja blanca zumbas -ebria de miel- en mi alma  
y te tuerces en lentas espirales de humo.  
  
Soy el desesperado, la palabra sin ecos,  
el que lo perdió todo, y el que todo lo tuvo.  
  
Última amarra, cruje en fi mi ansiedad última.  
En mi fierra desierta eres la última rosa.  
  
Ah silenciosa!  
  
Cierra tus ojos profundos. Allí aletea la noche.  
Ah desnuda tu cuerpo de estatua temerosa.  
  
Tienes ojos profundos donde la noche alea.  
Frescos brazos de flor y regazo de rosa.  
  
Se parecen tus senos a los caracoles blancos.  
Ha venido a dormirse en tu vientre una mariposa de sombra.  
  
Ah silenciosa!  
  
He aquí la soledad de donde estás ausente.  
Llueve. El viento del mar caza errantes gaviotas.  
  
El agua anda descalza por las calles mojadas.  
De aquel árbol se quejan, como enfermos, las hojas.  
  
Abeja blanca, ausente, aún zumbas en mi alma.  
Revives en el tiempo, delgada y silenciosa.  
  
Ah silenciosa!
 
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9
 
  
Ebrio de trementina y largos besos,  
estival, el velero de las rosas dirijo,  
torcido hacia la muerte del delgado día,  
cimentado en el sólido frenesí marino.  
  
Pálido y amarrado a mi agua devorante  
cruzo en el agrio olor del clima descubierto,  
aún vestido de gris y sonidos amargos,  
y una cimera triste de abandonada espuma.  
  
Voy, duro de pasiones, montado en mi ola única,  
lunar, solar; ardiente y frío, repentino,  
dormido en la garganta de las afortunadas  
islas blancas y dulces como caderas frescas.  
  
Tiembla en la noche húmeda mi vestido de besos  
locamente cargado de eléctricas gestiones,  
de modo heroico dividido en sueños  
y embriagadoras rosas practicándose en mí.  
  
Aguas arriba, en medio de las olas externas,  
tu paralelo cuerpo se sujeta en mis brazos  
como un pez infinitamente pegado a mi alma  
rápido y lento en la energía subceleste.
 
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10
 
  
Hemos perdido aun este crepúsculo.  
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas  
mientras la noche azul caía sobre el mundo.  
  
He visto desde mi ventana  
la fiesta del poniente en los cerros lejanos.  
  
A veces como una moneda  
se encendía un pedazo de sol entre mis manos.  
  
Yo te recordaba con el alma apretada  
de esa tristeza que tú me conoces.  
  
Entonces, dónde estabas?  
Entre qué gentes?  
Diciendo qué palabras?  
Por qué se me vendrá todo el amor de golpe  
cuando me siento triste, y te siento lejana?  
  
Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo,  
y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.  
  
Siempre, siempre te alejas en las tardes  
hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.
 
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11
 
  
Casi fuera del cielo anda entre dos montañas  
la mitad de la luna.  
Girante, errante noche, la cavadora de ojos.  
A ver cuántas estrellas trizadas en la charca.  
  
Hace una cruz de luto entre mis cejas, huye.  
Fragua de metales azules, noches de las calladas luchas,  
mi corazón da vueltas como un volante loco.  
Niña venida de tan lejos, traída de tan lejos,  
a veces fulgurece su mirada debajo del cielo.  
Quejumbre, tempestad, remolino de furia,  
cruza encima de mi corazón, sin detenerte.  
Viento de los sepulcros acarrea, destroza, dispersa tu raíz soñolienta.  
  
Desarraiga los grandes árboles al otro lado de ella.  
Pero tú, clara niña, pregunta de humo, espiga.  
Era la que iba formando el viento con hojas iluminadas.  
Detrás de las montañas nocturnas, blanco lirio de incendio,  
ah nada puedo decir! Era hecha de todas las cosas.  
  
Ansiedad que partiste mi pecho a cuchillazos,  
es hora de seguir otro camino, donde ella no sonría.  
Tempestad que enterró las campanas, turbio revuelo de tormentas  
para qué tocaria ahora, para qué entristecería.  
  
Ay seguir el camino que se aleja de todo,  
donde no esté atajando la angustia, la muerte, el invierno,  
con sus ojos abiertos entre el rocío.
 
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12
 
  
Para mi corazón basta tu pecho,  
para tu libertad bastan mis alas.  
Desde mi boca llegará hasta el cielo  
lo que estaba dormido sobre tu alma.  
  
Es en ti la ilusión de cada día..  
Llegas como el rocio a las corolas.  
Socavas el horizonte con tu ausencia.  
Eternamente en fuga como la ola.  
  
He dicho que cantabas en el viento  
como los pinos y como los mástiles.  
Como ellos eres alta y taciturna.  
Y entristeces de pronto, como un viaje.  
  
Acogedora como un viejo camino.  
Te pueblan ecos y voces nostálgicas.  
Yo desperté y a veces emigran y huyen  
pájaros que dormían en tu alma.
 
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