Poesía
Castellana
Pablo Neruda
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de su libro
"Veinte poemas de amor y una canción desesperada"
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456

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1
 
  
Cuerpo de mujer; blancas colinas, muslos blancos,  
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.  
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava  
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.  
  
Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros  
y en mí la noche entraba su invasión poderosa.  
Para sobrevivirme te forjé como un arma,  
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.  
  
Pero cae la hora de la venganza, y te amo.  
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.  
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!  
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!  
  
Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.  
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!  
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,  
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.
 
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2
 
  
En su llama mortal la luz te envuelve.  
Absorta, pálida doliente, así situada  
contra las viejas hélices del crepúsculo  
que en torno a ti da vueltas.  
  
Muda, mi amiga,  
sola en lo solitario de esta hora de muertes  
y llena de las vidas del fuego,  
pura heredera del día destruido.  
  
Del sol cae un racimo en tu vestido oscuro.  
De la noche las grandes raíces  
crecen de súbito desde tu alma,  
y a lo exterior regresan las cosas en ti ocultas,  
de modo que un pueblo pálido y azul  
de ti recién nacido se alimenta.  
  
Oh grandiosa y fecunda y magnética esclava  
del círculo que en negro y dorado sucede:  
erguida, trata y logra una creación tan viva  
que sucumben sus flores, y llena es de tristeza.
 
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3
 
  
Ah vastedad de pinos, rumor de olas quebrándose,  
lento juego de luces, campana solitaria,  
crepúsculo cayendo en tus ojos, muñeca,  
caracola terrestre, en fi la tierra canta!  
  
En ti los rios cantan y mi alma en ellos huye  
como tú lo desees y hacia donde tú quieras.  
Márcame mi camino en tu arco de esperanza  
y soltaré en delirio mi bandada de flechas.  
  
En torno a mi estoy viendo tu cintura de niebla  
y tu silencio acosa mis horas perseguidas,  
y eres tú con tus brazos de piedra transparente  
donde mis besos anclan y mi húmeda ansia anida.  
  
Ah tu voz misteriosa que el amor tiñe y dobla  
en el atardecer resonante y muriendo!  
Así en horas profundas sobre los campos he visto  
doblarse las espigas en la boca del viento.
 
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4
 
  
Es la mañana llena de tempestad  
en el corazón del verano.  
  
Como pañuelos blancos de adiós viajan las nubes,  
el viento las sacude con sus viajeras manos.  
  
Innumerable corazón del viento  
latiendo sobre nuestro silencio enamorado.  
  
Zumbando entre los árboles, orquestal y divino,  
como una lengua llena de guerras y de cantos.  
  
Viento que lleva en rápido robo la hojarasca  
y desvía las flechas latientes de los pájaros.  
  
Viento que la derriba en ola sin espuma  
y sustancia sin peso, y fuegos inclinados.  
  
Se rompe y se sumerge su volumen de besos  
combatido en la puerta del viento del verano.
 
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5
 
  
Para que tú me oigas  
mis palabras  
se adelgazan a veces  
como las huellas de las gaviotas en las playas.  
  
Collar, cascabel ebrio  
para tus manos suaves como las uvas.  
  
Y las miro lejanas mis palabras.  
Más que mías son tuyas.  
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.  
  
Ellas trepan así por las paredes húmedas.  
Eres tú la culpable de este juego sangriento.  
  
Ellas están huyendo de mi guarida oscura.  
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.  
  
Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,  
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.  
  
Ahora quiero que digan lo que quiero decirte  
para que tú las oigas como quiero que me oigas.  
  
El viento de la angustia aún las suele arrastrar.  
Huracanes de sueños aún a veces las tumban.  
Escuchas otras voces en mi voz dolorida.  
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.  
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.  
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.  
  
Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.  
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.  
  
Voy haciendo de todas un collar infinito  
para tus blancas manos, suaves como las uvas.
 
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6
 
  
Te recuerdo como eras en el último otoño.  
Eras la boina gris y el corazón en calma.  
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.  
Y las hojas caían en el agua de tu alma.  
  
Apegada a mis brazos como una enredadera,  
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.  
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.  
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.  
  
Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:  
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa  
hacia donde emigraban mis profundos anhelos  
y caían mis besos alegres como brasas.  
  
Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.  
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!  
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.  
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.
 
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