Poesía
Castellana
Luis de Góngora y Argote
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Luis de Gongora y Argote (Velazquez)
Ande yo caliente...
Ande yo caliente,
y ríase la gente.
Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno,
y las mañana de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.
Coma en dorada vajilla
el príncipe mil cuidados
como píldoras dorados,
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
que en el asador reviente,
y ríase la gente.
Cuando cubra las montañas
de plata y nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas,
y quien las dulces patrañas
del rey que rabió me cuente,
y ríase la gente.
Busque muy en hora buena
el mercader nuevos soles;
yo conchas y caracoles
entre la menuda arena,
escuchando a Filomena
sobre el chopo de la fuente,
y ríase la gente.
Pase a media noche el mar
y arda en amorosa llama
Leandro por ver su dama;
que yo más quiero pasar
de Yepes a Madrigar
la regalada corriente
,
y ríase la gente.
Pues Amor es tan cruel,
que de Píramo y su amada
hace tálamo una espada,
do se junten ella y él,
sea mi Tisbe un pastel,
y la espada sea mi diente,
y ríase la gente.
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La más bella niña
La más bella niña
de nuestro lugar,
hoy viuda y sola
y ayer por casar,
viendo que sus ojos
a la guerra van,
a su madre dice
que escucha su mal:
Dexadme llorar,
orillas del mar.


Pues me distes, madre,
en tan tierna edad
tan corto el placer,
tan largo el penar,
y me cautivastes
de quien hoy de va
y lleva las llaves
de mi libertad.
Dexadme llorar,
orillas del mar.


En llorar conviertan
mis ojos de hoy más
el sabroso oficio
del dulce mirar,
pues que no se pueden
mejor ocurpar
yendose a la guerra
quien era mi paz.
Dexadme llorar,
orillas del mar.
No me pongáis freno
ni queráis culpar,
que lo uno es justo,
lo otro por demás.
Si me queréis bien
no me hagáis mal;
harto peor fue
morir y callar.
Dexadme llorar,
orillas del mar.


Dulce madre mía,
¿quién no llorará,
aunque tenga el pecho
como un pedernal,
y no dará voces
viendo marchitar
los más verdes años
de mi mocedad?
Dexadme llorar,
orillas del mar.


Váyanse las noche,
pues ido se han
los ojos que hacían
los míos velar;
váyanse, y no vean
tanta soledad
después que en mi lecho
sobra la mitad.
Dexadme llorar,
orillas del mar.
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Hermana Marica...
Hermana Marica,
mañana,que es fiesta,
no irás tú a la amiga
ni yo iré a la escuela.

Pondráste el corpiño,
y la saya buena,
cabezón labrado,
toca y albanega;
y a mí me pondrán
mi camisa nueva,
sayo de palmilla,
calza de estameña.

Y si hace bueno
traeré la montera,
que me dio la Pascua
mi señora agüela.

Y el estadal rojo,
con lo que le cuelga,
que trujo el vecino
cuando fue a la feria.

Iremos a misa,
veremos la iglesia,
darános un cuarto,
mi tía la ollera.

Compraremos dél
(que nadie lo sepa)
choschos y garbanzos
para la merienda.

Y en la tardecica
en nuestra plazuela,
jugaré yo al toro
y tú a las muñecas,
con las hermanas
Juana y Madalena,
y las dos primillas
Marica y la Tuerta.

Y si quiere madre
dar las castañetas,
podrás tanto dello
bailar en la puerta.
Y al son del adufe
cantará Andregüela:
"No me aprovecharon,
mi madre, las yerbas."

Y yo de papel
haré una librea,
teñida de moras,
porque bien parezca.

Y una caperuza
con mucha almenas;
pondré por penacho
las dos plumas negras
del rabo del gallo
que acullá en la huerta
anaranjeamos
las Carnestolendas.

Y en la caña larga
pondré una bandera,
con dos borlas blancas
en sus trenzaderas.

Y en mi caballito
pondré una cabeza
de guadamecí,
dos hilos por riendas.

Y entraré en la calle
haciendo corvetas
yo y otros del barrio,
que son más de treinta.
Jugaremos cañas
junto a la plazuela
porque Barbolilla
salga acá y nos vea.

Barbola, la hija
de la panadera,
la que suele darme
torta con manteca.

Poeque algunas veces
hacemos, yo y ella,
las bellaquerías
detrás de la puerta.
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A Cordoba
  ¡Oh excelso muro, oh torres coronadas
de honor, de majestad, de gallardía!
¡Oh gran rio, gran rey de Andalucia,
de arenas nobles, ya que no doradas!
¡Oh fértil llano, oh sierras encumbradas,
que privilegia el cielo y dora el día!
¡Oh siempre gloriosa patria mía,
tanto por plumas cuanto por espadas!
Si entre aquella ruinas y despojos
que enriquece Genil y Darro baña
tu memoria no fue alimento mío,
¡nunca merezcan mis ausentes ojos
ver tus muros, tus torres y tu río,
tu llano y sierra, oh patria, oh flor de España!
 
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Romance
Servía en Orán al rey
un español con dos lanzas,
y con el alma y vida
a una gallarda africana,
tan noble como hermosa,
tan amante como amada,
con quien estaba una noche
cuando tocaron al arma.
Trescientos Zenetes eran
desde rebato la causa,
que los rayos de la luna
descubrieron las adargas;
las adargas avisaron
a las mudas atalayas,
las atalayas los fuegos,
los fuegos a las campanas;
y ellas al enamorado,
que en los brazos de su dama
oyó el militar estruendo
de las tropas y las cajas.
Espuelas de honor le pican
y freno de amor le para;
no salir es cobardía,
ingratitud es dejalla.
Del cuello pendiente ella,
viéndole tomar la espada,
con lágrimas y suspiros
le dice aquestas palabras:
"Salid al campo, señor;
bañen mis ojos la cama
que ella me será también,
sin vos, campo de batalla.
Vestíos, salid apriesa,
que el general os aguarda;
yo os hago a vos mucha sobra
y vos a él mucha falta.
Bien podéis salir desnudo,
pues mi llanto no os ablanda,
que tenéis de acero el pecho
y no habéis menester armas."
Viendo el español brioso
cuánto le detiene y habla,
le dice así:"Mi señora
tan dulce como enojada,
porque con honra y amor
yo me quede, cumpla y vaya;
vaya a los moros el cuerpo,
y quede con vos el alma.
Concededme, dueña mía,
licencia para que salga
al rebato en vuetro nombre,
y en vuestro nombre combata."
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Entre los sueltos caballos...
  Entre los sueltos caballos
de los vencidos Zenetes ,
que por el campo buscaban,
entre lo rojo lo verde
 aquel eapañol de Orán
un suelto caballo prende,
por sus relinchos lozano
y por sus cernejas fuerte
 para que lo lleve a él
y a un moro cautivo lleve,
que es uno que ha cautivado,
capitán de cien Zenetes.
 En el ligero caballo
suben ambos, y él parece,
de cuatro espuelas herido,
que cuatro vientos lo mueven.
 Triste camina el alarbe,
y lo más bajo que puede
ardientes suspiros lanza
y amargas lágrimas vierte.
 Admirado el español
de ver cada vez que vuelve
que tan tiernamente llore
quien tan duramente hiere,
 con razones le pregunta
comedidas y corteses
de sus suspiros la causa,
si la causa lo consiente.
  El cautivo, como tal
sin excusarlo, obedece,
y a su piadosa demanda
satisface desta suerte:
  "Valiente eres, capitán,
y cortés como valiente,
por tu espada y por tu trato
me has cautivado dos veces.
  Preguntado me has la causa
de mis suspiros ardientes,
y dévote la respuesta
por quien soy y por quien eres.
  Yo nací en Gelves el año
que os perdisteis en los Gelves,
de una berberisca noble
y de un turco matasiete.
  En Tremecén me crié
con mi madre y mis parientes
después que murió mi padre,
corsario de tres bajeles.
  Junto a mi casa vivía,
porque más cerca muriese,
una dama de linaje
de los nobles Melioneses:
  Extremo de las hermosas,
cuando no de las crueles,
hija al fin destas arenas
engendradoras de sierpes.
  Era tal su hermosura,
que se hallaran claveles
más ciertos en sus dos labios
que en los floridos meses.
 Cada vez que la miraba
salía el sol por su frente,
de tantos rayos vestido
cuantos cabellos contiene.
  Juntos así nos criamos,
y Amor en nuestra niñeces
hirió nuestros corazones
con arpones diferentes.
  Labró el oro en mis entrañas
dulces lazos, tiernas redes,
mientras el plomo en las suyas
libertades y desdenes.
  Mas, ya la razón sujeta,
con palabras me requiere
que su crueldad perdone
y de su beldad me acuerde;
  y apenas vide trocada
la dureza desta sierpe,
cuando tú me cautivaste:
mira si es bien que lamente.
  Esta, español, es la causa
que a llanto pudo moverme;
mira si es razón que llore
tantos males juntamente."
  Conmovido el capitán
de las lágrimas que vierte,
parando el veloz caballo,
que paren sus males quiere.
  "Gallardo moro, le dice,
si adoras como refieres,
y si como dices amas,
dichosamente padeces.
  ¿Quién pudiera imaginar
viendo tus golpes crueles,
que cupiera alma tan tierna
en pecho tan duro y fuerte?
  Si eres del Amor cautivo,
desde aquí puedes volverte;
que me pedirán por robo
lo que entendí que era suerte.
  Y no quiero por rescate
que tu dama me presente
ni las alfombras más finas
ni las granas más alegres.
  Anda con Dios, sufre y ama
y vivirás si lo hicieres,
con tal que cuando la veas
pido que de mí te acuerdes."
  Apeóse del caballo,
y el moro tras él desciende,
y por el suelo postrado,
la boca a sus pies ofrece.
  "Vivas mil años, le dice,
noble capitán valiente,
que ganas más con librarme
que ganaste con prenderme.
  Alá se quede contigo
y te dé victoria siempre
para que extiendas tu fama
con hechos tan excelentes."
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