Poesía
Castellana
Carlos Castro Saavedra
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ESPOSA PATRIA
 

No me canso de andar por tus collados,
de recorrer tu cuerpo y tus colinas,
de sembrar en tu tierra desgarrada
por mi pecho de espadas y de espinas.

Centímetro a centímetro te busco,
atravieso tus valles y terrenos,
y no me pueden contener tus manos
ni me sirven tus puertas ni tus frenos.

Penetro a golpes en tus precipicios,
a golpes rompo dulces armamentos,
y caigo en tus abismos desarmados
con mis labios furiosos y mis ojos violentos.

Con mi espumoso amor, con mi oleaje,
gasto tu resistencia y tus orillas,
y llego hasta la tierra de tus huesos
coronado de incendios y semillas.

Soy labriego de todas tus parcelas,
capitán de tus muslos, minero de tus minas,
leñador de tus árboles ocultos,
verdugo de tu pelo y tus encinas.

Sacudo tus raíces coloradas,
ataco tus rodillas, tus diamantes,
y muerdo la manzana de tu cara
con mis dientes hambrientos y mis labios amantes.

Me saben a Colombia los mordiscos,
a patria los abrazos y los besos,
y me saben las sábanas a tierra,
y a tierra las cobijas y los huesos.

Mujer de barro triste y colombiano,
de orquídeas aplastadas en mi lecho,
de rojos cafetales desgranados
por mis cóleras dulces y mi pecho.

Esposa del maíz y de los tiples,
de los bambucos y los yacimientos,
esposa mía, esposa de mi espuma
y de mis tequendamas insurrectos.

Esmeralda morena, tierra viva,
chapolera, paloma de ojos bellos,
campesina vestida de amapolas,
de espigas populares y destellos.

Busco en tu frente pueblos y caminos,
galopo en tu cintura de caballos,
y te sacude el trueno de mis besos
y te ilumina el fuego de mis rayos.

Eres el río grande, el Magdalena,
yo soy el boga sobre la corriente:
me arrastran tus cabellos navegables
y veo pasar los peces por tu frente.

En tu bosque más hondo y más secreto
se abre la flor granate de mis hijos,
se multiplican mis revoluciones,
mis hojas grandes y mis ojos fijos.

Oigo en la vuelta de tu piel disparos
y me encuentro con muertos colombianos,
pero no me devuelvo, esposa mía,
y sepulto los muertos en tus manos.

He de llegar al fondo de tu vida,
al fondo de mi patria y de tus venas,
esposa patria, patria de mis besos,
capital de mis cantos y mis penas. 
 
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EN TI BESO LA PATRIA
 

En ti beso la patria, beso el río
que la desencadena, que la canta,
y la flor que del suelo se levanta
y la viste abejas y rocío.

Tierra eres, relente de plantío,
sombra de monte, vegetal garganta,
y tanta patria dulce, tanta, tanta,
cabe toda en tu beso y en el mío.

Cuando se juntan nuestras bocas, cuando
el hijo a tu cintura va llegando
en forma de semilla y de gemido,

no te llamo mujer, profunda esposa,
sino Colombia, patria generosa
cuna del trueno y pedestal del nido.
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CALLÉMONOS UN RATO
 

Hemos hablado mucho, compatriotas,
¿porqué no nos callamos
para que la palabra se maduren
en medio del silencio
y se vuelvan arroz,
cajas de pino, escobas,
duraznos y manteles?
Hacemos mucho ruido
y repetimos la palabra muerte
hasta que la matamos.
Decimos mucho corazón
y gastamos el fruto más hermoso del pecho.
Lo que importa es el río,
no su nombre.
Lo que interesa es pan
y no discursos
sobre las propiedades de la harina.
El mar es bello porque es mar
y no porque lo cantan los poetas,
y existirían piñas
aunque no se llamaran como llaman.
Bajo la tierra crece la semilla
porque el surco no habla
ni le pone adjetivos a la espiga.
Un hombre que se calla largamente
se convierte en camino,
y si guarda silencio su mujer
puede volverse viaje.
Callémonos un rato,
al menos para ver qué le sucede
a la palabra uva.
Es posible que crezca y se derrame
hasta llenar el mundo de dulzura
y cascadas de vino.
 
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LOS ATAUDES ENAMORADOS
 

Nuestras tumbas, mujer, se darán besos,
nuestros cajones besos y mordiscos,
y no serán sudarios los nuestros sino sábanas
para engendrar trigales
y construir el pecho de los cedros.
Nos volverán a ver sobre la tierra,
a ti llena de polen y de pétalos,
cubierta de azaleas y azahares,
y a mí con un pedazo de primavera roja
entre la boca de madera.
Sobre la tierra, amada, sobre el campo,
tú con trenzas de musgo,
con un manto de plumas y de orquídeas,
y yo con un relámpago extendido en mis ramas
como una fruta elástica y madura.
La muerte será apenas un fecundo reposo,
un sueño recorrido por gusanos labriegos,
otra luna de miel entre raíces,
otro rodar los dos dulces y mudos,
por un salón de terciopelo verde.
Que no pongan el nombre tuyo sobre la bóveda,
ni el mío sobre el hueco que se trague mis tigres,
sino que nos abonen y nos rieguen,
pues esto es suficiente, compañera,
para tu corazón y mi semilla.
 
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NOTICIA DE MIGUEL HERNANDEZ
 

Sabed que era de España y de relámpagos.
Pastor con una flauta de candela,
campesino juglar, sangre descalza
que iba de las ovejas a los surcos
y de los surcos iba a las ovejas.

Sabed que entre sus manos pastoriles
era el cayado  un rayo manejable
que rompía la nieve del rebaño
sin estropear la nieve ni la carne.

Sabed que era Miguel de fuego y barro,
de raíces, de fuego y de congojas;
sabed que le nacían las palabras
encima de la piel como las hojas.

Sabed que ardía toda su presencia.
Desde los pies ardía hasta el cabello.
Y de noche, pastor de las estrellas,
lo guiaba su fulgor y su destello.

Sabed que el corazón, su corazón,
labriego torrencial bajo su arcilla,
le llenaba de flores  encarnadas
la camisa la voz y la mejilla.

Sabed que fue su sino, rojo sino,
sino de combatiente y amapola,
sino de sangre inerme que se bate
contra todas las armas ella sola.

Sabed que con sus manos vegetales
él mismo se arrancó de su labranza,
y con su ruido de árbol y bandera
despertó su dolor y su esperanza.

Sabed que en su corteza las heridas
llenas de tierra, de alma, de bramidos,
heridas eran de su España insomne
y de los españoles malheridos.

Sabed que con el filo de su canto
fue segando los días y las horas,
hasta hacer con el fuego de los días
gavillas de crepúsculos y auroras.


Sabed que por las noches y los pueblos
pasaba iluminado y desterrado:
con una llama roja entre la carne
y un desgarrón azul en el costado.

Sabed que una centella lo seguía
y le arrojaba fuegos destructores,
y sabed que Miguel -otra centella-
se defendía con sus resplandores.

Sabed que se perdía en la espesura
de su casa entre viva y entre muerta,
y la guerra y un hijo lo buscaban
por una puerta oscura y otra puerta.

Sabed que en su garganta florecían
libertades, canciones, desvaríos,
y a su fronda caída sobre el pecho
iban a dar los hombres y los ríos.

Sabed que con los hombres, sus hermanos,
se metió entre el fulgor de los hachazos
que de la oscuridad se desprendieron
y talaron a España entre sus brazos.

Y sabed que Miguel  -parte de España-
se desgajó también, hoja por hoja,
hasta quedar encima de la tierra
no más que el fuego y su camisa roja.

Más sus canciones vuelan con el viento
y por la tierra esparcen su semilla.
Miguel se multiplica y se levanta
multiplicado de su hermosa arcilla.
 
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