Poesía
Castellana
Manuel Lozano
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LA APARIENCIA DEL PAN
 

Se tiembla siempre, incluso de aquello mismo
                            que ha sido hallado.
               Pascal, Discours sur les passions
                                      de l´amour


¿Qué devoción te consagra frente a los piadosos?
Soñé con El y enardecía su cabeza
desde el lenguaje inconcebible (sin trampas ni cautivos ni sílabas),
azotado por la purísima tempestad,
la inevitable araña del hartazgo
más acá de nubes, de pinzas y de hierros,
corrompiendo tu precaria pena
hasta donde llegan los ojos.
Ven en mí con el decoro atribulado del desertor
que lleva en sus espaldas la esquiva catedral llena de perras.
¿Qué llaga admirable gime en el costado de mi imperfección?
Fuiste arrojado por la boca que ve.
¿Por qué testimoniabas con desechos de tus padres y hermanos
al posible, enano morador de esa lujuria?
¿Es que tal vez había para mí una casa hundida 
en el barro elemental de la pantera y el arce?
¿Nunca una casa para mí, un velador del infierno?
Allí no, allí no estaban nunca los hospedados de su insomnio,
adláteres en ascensión a la fiebre, pluma entre las piedras.
¡Pero qué quieres hacer muerte mía!
Y dije que hubo un soplo de sol agrietando los designios,
pero nadie escuchó.
El miedo -que abstrae y que somete- 
subía por la carne amenazada.
¿Qué nieve perpleja sobre las rotaciones de esta opulencia futura?
Enmascarado en un terrón de incalculable soledad,
él te pidió inocentes para la desgracia,
exhibió, inexpugnable, agujeros de dolor en estos nichos
descendiendo como espuma hacia el lugar en que estás
caído hacia adentro y a oscuras.
Las glicinas me recuerdan, me suceden, me envenenan.
¿Y es éste el viento que desaparece
donde alguna vez dibujó el amor como el blanco relámpago
sobre los rizos dorados en la boca litúrgica?
Ladrón, cuenta los días: resquebrájate.
Pobres las manos que no encuentran las flores.
Pobre el marchito que viaja sin cesar entre magnolias.
Ni siquiera un albergue, ni la gota de lacre
adherida al mantel de los difuntos.
¿Qué se somete a la firme transfiguración
del supliciado por la noche?
¿Hasta aquí llegó el olor de tu hijo,
la suma insobornable de las tribus de Thot debajo de la luna?
Era en cuarto creciente y sobre tu cabeza.

 (del libro "Bizancio bajo las aguas")

 
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HE VUELTO, REY CORONADO
 

¿Quién mana sangre de castigo para amordazar,
sólo amordazar la incertidumbre?
En tierras de Hebrón me diste el hambre.
El lado de otro infierno sellaban en tu espalda. 
En estas chozas, atardeces nada más que saliva
conservada de los largos exilios del vidente,
de un combate feroz entre antílopes y endriagos. 
En el abrazo ya hay polvo.
Todo es sombra de amor en el desierto.
Hay colmenas con nieve, oscuras techumbres cayendo
en el fondo acerado de unas pupilas rojas.
Tiene olor a país extinguido la mirada.
¿Cuándo el pregonero calentando ataúdes?
¿Hasta cuándo no habrías de labrar aquella puerta, la puerta,
la séptima puerta de perfil de hacha en tu guarida?
En todo abrazo de amor está el derrumbe.
Cáliz para hervir venenos urde la tentación. 
Me esperaban.


New York, septiembre de 2000-Buenos Aires, octubre de 2000

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DE UN MENDIGO EN WASHINGTON SQUARE
 

 ...Y viendo el humo de su incendio, dieron voces ,
   diciendo: ¿Qué ciudad era semejante a esta gran ciudad?

                                     Apocalipsis, 18:18
                                                                                

Habría mirado las bóvedas multiplicándose
en alargadas filas contra la lluvia.
¿Cuál es el arroz, cuál ese conejo alado de Cimabue,
dónde está el yeso que trajeron de Umbría las intercesoras,
aquellas madres primeras de mi especie?
Era una mesa blanca, casi traslúcida,
vestida para la exageración y el desprecio.
Podría ser nebuloso patíbulo,
aunque nunca tablón ritual de aniversarios. 
Un opulento pasajero enciende las lámparas.
Los comensales -mis hermanos- han muerto ya.
El arco solar se ha derribado.
¿Qué carpintería nómade para esta bacanal de Narciso?
¿No miras sumergirse la casa? -pregunta la figura-.
Del robo de las pieles nace el vuelo.
Y así empieza la historia.
El musgo ofrece un ácido perfume
a patio de destierro, a caireles dispersos 
entre los matorrales donde juega el niño del triciclo rojo.
(Ahora reconstruye risas en mitad de su cráneo.)
¿Era la distancia de la diferencia?
¿Los harapos de la más cruel cercanía?
¿O la abisal condición para destituir a su rey,
el valimiento de un iluso crucificándose?
Rotan las cláusulas.
Se instalan en éxtasis de Pound todos los enunciados.
Pensó en la cabeza comida por insectos de su padre,
en el jugo incalculable, ahora seco,
rondando entre los dientes del pequeño difunto.
Fuiste un agujero, la grieta de mi corazón - afirma la figura-.
No habla.


Aun antes de acostarse del lado del vacío, gesticula.
(Un llamado de hidra ha regresado a la cueva.)
Brevísimo, respiran todavía sus membranas.
Nada es legendario en la dársena sacrílega.
¿En qué madejas del segundo tiempo merodeará
esta geometría del verdugo?
Va adentrándose en la palabra carente:
palabra sin inicial; juzgamiento de vigilia.
Grazna y husmea.
Que no suplique ayuda con un arpón en la boca.
Se abrieron las sienes de mi escalofrío.
Cavidades lechosas donde hubo un pasado,
¿por qué duermen así, junto a la espuma?
Son los habituales.
Son los faústicos delatores.
Son los imaginados.
Son los que agitan la lepra bajo pieles fastuosas.
¿Retornarían desde un mísero exilio?
Muerdes madera en el poema, invención extremada.
Fermentan las hojas.
Desciendo los escalones y aspiro en cuclillas
el  temible torbellino de la idolatría.
Es el ruinoso chacal de esta profanación.
Lanza increíbles objetos. 
Al reflejarse en el revés de un espejo de bronce
-mira paciente, hiberna con traidores-,
dibuja la espantosa raíz del simulacro.

                              
                      New York, 22-IX-2000

     (de su libro Navegar por el enigma)

 
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